No me cuadran los números

libros1.jpgBuenos Aires huele a tinta y papel, uno de mis aromas preferidos. He visitado esa ciudad un par de veces y siempre termino pegado a estanterías abarrotadas de textos en sus pequeñas y grandes librerías. También mascullo secretamente mi envidia mientras paso por el costado de sus kioscos, en los que toman el sol variadas publicaciones, además de libros, discos y revistas.

Los kioscos y emporios librescos de Santiago palidecen y encabronan cuando se hace la comparación, no sólo por una cuestión de variedad, sino porque los precios hacen recordar con poca amabilidad a la madre y las bisabuelas de los comerciantes. Diga usted si no es para espantarse:

Hace un año que estaba tratando de terminar la gran novela de Neal Stephenson, Criptonomicón. No es que lea tan lento, sino que compré en persona el primero de sus tres tomos; recibí como amable regalo el segundo y, finalmente, perdí varios meses buscando el tercero. Cuando lo encontré, en una modesta versión de bolsillo tasada en su tapa en 5 euros (algo así como 3.600 pesos chilenos), me resistí a pagar los 11 mil pesos que cobraba la librería. Me convertí en un verdadero objetor de conciencia del consumo literario, a pesar de las ansias por terminar el relato.
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Cornisas voladoras asuelan Santiago (cuide su cabezota)

Muy seguido me quejo de mi mala suerte. Más bien me río de las extrañas dificultades con que suelo golpearme la nariz frente a cuestiones que deberían resolverse sin mayores contratiempos. Quizás le pase a todo mundo, pero es común que termine preguntándome ¿cómo iba a salir fácil si podía enredarse?

Pero la semana pasada tuve que tragar cada una de mis palabras. Caminaba distraídamente por Teatinos hacia Alameda, cuando una masa de concreto –del tamaño de un melón- cayó con estruendo a dos metros del lugar en que me encontraba.

Obviamente detuve la marcha y miré hacia lo alto para buscar una explicación. Un instante después, cerca de dos metros lineales de cornisa se venían aparatosamente a tierra. Retrocedí para exclamar con alivio algún chilenismo pasmado y me quedé ahí pensando: dos metros menos o un par de segundos más…

Como dicen en el campo: no creo en brujos Garay, pero de que los hay. Por eso di un round con mi formación materialista-dialéctica y partí a gastar unos pesos para quedarme con los 2.800 millones que sorteaba el Loto. Pero no se puede pedir tanto al destino.

Hoy vuelvo a mi nebuloso escepticismo, caminando con la frente un poco más erguida hacia lo alto y con mayor desconfianza de aquello que proviene de los cielos, no vaya a ser cosa que…

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PD: Consigno las nerviosas fotos que tomé tras el aterrizaje de la cornisa, por si alguien aún no cree en que Santiago se nos cae a pedazos.

Malditos energúmenos alegones

enojado.jpgDebe ser otro de los tic que me regaló la dictadura: todas las mañanas me levanto escuchando las noticias de radio Cooperativa. Es cierto, puede ser solo cuestión de costumbre, pero la echo de menos si no resuena mientras me ducho.

Pero últimamente estoy comenzando a odiarla, no por sus méritos, sino por una publicidad de Celulosa Arauco y Constitución (Celco), del grupo Angelini, que según he descubierto, también aparece en televisión abierta.
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La Neutralidad está de moda

netnueworld.jpgHace poco más de un año escribí aquí mismito un pequeño artículo sobre el tema de la Neutralidad de la red. Esa vez, a propósito del debate que generó el cuestionamiento de las empresas AT&T y Bell South sobre este principio que guía el actual funcionamiento de Internet.

Actualmente, este debate también se ha instalado en Chile –aún tímidamente para mi gusto- a partir de las denuncias sobre traffic shapping en VTR o la demanda que realizó la empresa Redvoiss contra Telefónica CTC de Chile frente Tribunal de la Libre Competencia por establecer impedimentos para el funcionamiento de sus servicios de telefonía IP a través del bloqueo de puertos. Estos son sólo dos ejemplos que afectan directamente a los clientes de los propios ISP, que de esta forma terminan por hacer de la red un sitio menos libre y ecuánime de lo que todos quisiéramos.

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Yo no tengo a nadie que me perdone

- Que sí hombre, que los ateos también nos movemos en un marco ético, sólo que no está mediado por el temor o los dictámenes de alguna iglesia, le dije ya algo mosqueado por el tono acusatorio de su pregunta.

¿En qué momento pasamos del clima a este debate teológico? No lo sé. Yo tan sólo rellenaba un incómodo silencio mientras fumábamos en la puerta de la oficina cuando, sin decir agua va, partió esta oleada de tomas de posición sobre las creencias trascendentes de cada quién.

- ¿Y tú en qué crees?

- Soy ateo, respondo, no sin temer el vendaval encubierto que vendría luego de esa mirada misericorde. A esa altura, ya calculaba que habría sido una opción -con menos costes- haber largado la respuesta tipo: ¿Yo? agnóstico.

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La reina descuartizada

Esta mañana me enteré por una nota de La Tercera sobre el amargo lamento de Cecilia Bolocco en una revista farandulera respecto de la situación que vive a raíz de las fotos que no dejan de acaparar la atención medial. Dice sentir que la están “descuartizando en La Vega y vendiendo pedacito a pedacito al mejor postor”.

La nota comenta que en la entrevista la ex Miss Universo habla de juego sucio, maquinaciones y extorsión. Todos los ingredientes para acrecentar el morbo nacional en torno a unos de sus baluartes televisivos mancillados en el enfremo juego de las virtudes públicas y vicios privados.

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Freaky y orgulloso

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Pasé varios meses prometiéndome escribir algo en el blog, pero la pega, el cambio de servidor y la falta de tiempo para sentarme a divagar, me han dejado con un montón de ideas posteables en el tintero. Sin tener algo muy inteligente que decir, me tiro con la reflexión autoafirmativa de la temporada.

Hace unos días, en momentos de ocio laboral, figuraba desternillándome de la risa –muy para callado- con las tiras cómicas de Liniers. Uno de mis colegas notó mi cara y preguntó sobre qué era lo me causaba tanta gracia. Queriendo compartir esa maravilla le cuento sobre el sitio y me comprometo a mandarle el link para que lo viera más tarde, a lo que se sumaron un par de peticiones más.

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¡No, sin aceite no!

casas_viejas.jpg- ¿En qué trabaja tu papá?

- Es chofer de micro, respondía con orgullo. Pero llegado a ese punto mi interlocutor arrojaba una mirada extraña. Con los años comprendí que se trataba de un cierto desprecio. Nunca lo entendí muy bien, porque siempre he estado orgulloso de mi padre: cuando sea grande, aún quiero ser como él.

Por lo demás, crecí entre los fierros retorcidos y ruidosos de alguna máquina de la locomoción colectiva, como la 50, una Mercedes Benz pequeñita y verde que iba y venía entre Ñuñoa y Santiago Centro hasta su definitivo exilio en regiones, a fines de los ‘70.

En esa “liebre” desvencijada pasé grandes alegrías infancia sentado allí, al costado de mi padre, afiebrado por el verano santiaguino y el mareo contable de mi labor como cobrador de pasajes y cortador de boletos.

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Trabajo

“Mira si será malo el trabajo, que deben pagarte para que lo hagas”, dice Facundo Cabral y yo le encuentro toda la razón. Sobre todo por estos días en que más que el tedio laboral lo que me rompe las pelotas (hablando en argentino) es toda la intríngulis asociada al ambiente oficinesco.

La verdad eso me ha tenido con el ánimo por los suelos y bien poco tiempo para llenar unas líneas. Bueno, eso y un montón de otras cosas que me han desviado la atención necesaria para darle una mano de gato a este blog y tratar de redactar algo con mínima coherencia.

Trataré de evitar estos blanco a futuro, porque me entretiene escribir y porque de vez en cuando cae algún visitante perdido en el ciberespacio y me da pena que esto parezca otra embarcación perdida en la profundidades de la red.

Por el momento, a lo menos en lo remuneradamente laboral, mejor sigo la recomendación de Voltaire: “trabajemos sin razonar, es el único medio de hacer la vida soportable”.

El Cairo

Imagina que pasas un par de días moviéndote a bastante velocidad por las calles de una ciudad desconocida. El tráfico es siempre denso y ruidoso. Constantemente hay bocinas dando alaridos y las reglas de conducción parecen un código olvidado hace mucho.

Te levantas en las mañanas al son de las plegarias que se derraman desde mezquitas invisibles por altavoces chirriantes. En la radio también están esos cantos. Nunca te recuperaste del día y medio de vuelo y las cosas pasan como si se tratara de machones de color.

Así son -más o menos-, mis recuerdos sobre el viaje de trabajo que hice a Egipto hace un par de años. Por cierto, hay cosas más claras y nítidas en mi memoria, como el pequeño café donde casi me hago adicto al tabaco en pipa de agua y ese brebaje fuerte y oloroso que es el café que aquí conocemos como “turco”. O las pirámides, el museo de la ciudad y el Nilo, que fueron una visita obligada y me dejaron un recuerdo imborrable.

Como sea, me encontré hace unos días con fotos que tomé en ese viaje con la pésima cámara de mi Zire 71, pero que creo reflejan bien algunas imágenes con las que me quedé de El Cairo. Son fotografías de calle en una tarde lluviosa; un maratónico paseo por el mercado; el camino hacia las grandes pirámides y las tripas de las ídem, como diría Papelucho.

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