Detrás de la línea amarilla

Detrás de la línea amarilla hay un extenso paisaje anaranjado que se pierde en quietas estepas con árboles como edificios apenas visitados por extraños animales.

Ellos lo ocultan con denuedo. O más bien desconocen el trance y temen que alguna oveja descarriada riegue su existencia por vías electrificadas.

Pocos han escuchado de estos paisajes y aún menos han intentado traspasar la frontera de una subida vertiginosa que ciega y aturde unos momentos para luego recibirte patas arriba en un arrullo silente.

Detrás de la línea amarilla está esa pequeña entrada.

Dominar el momento en que un clavado decidido te deja tendido boca arriba en los pastizales azules es labor de equilibrista, una afición temeraria descubierta por descuido por algún desesperado. Lo supe por unas notas olvidadas en un café de paso, entre Huérfanos y Estado.

El ejercicio es simple y temerario: eludir a los custodios mientras la estación atiende la llegada de otro tren atestado. Cuando las miradas se tuercen a la izquierda, un pequeño impulso con los parpados apretados y, por fin, la zambullida sin artificios ni maromas especiales. Unos momentos después sabrás si has llegaste al paraje prometido o no sabrás nada más en absoluto y lo que quede de tu existencia mundana será retirado como desecho de otro suicida en retirada.

Detrás de la línea amarilla hay un refalín vertiginoso que te arranca de la marisma gris. Para volver sólo has de abrir los ojos y llegarás a algún punto en la Línea 4.

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