Las queridas pantallas azules
Generalmente las pantallas azuladas me recuerdan los malos días en que quería destruir algún PC cargado con Windows 3.8 que se resistía a funcionar (raro no). El uso de Linux alejó de esa espantosa visión por mucho tiempo. Pero en estos días ruego por ver pantallas azules en los vagones del Metro.
El Metro de Santiago no es un medio de transporte amable. Y lo es menos luego de la implementación del Transantiago. Pero tener que soportar la programación liviana (por decir algo) de las pantallas distribuidas en cada carro se me hace detestable.
La gente no habla y se escurren las miradas, pero quedaba hasta hace poco la opción de clavarte los fonos en los oídos o leer algo en el transcurso del camino. Sin embargo, las famosas pantallas, acompañadas de parlantes estruendosos, terminan por hacer más molesto el recorrido.
Quizás son mis mañas de viejo chico, pero ver las “cómicas” sacadas de cresta; publicidad constante y reiterativa, además, de los titulares de sangre visión (el canal Piera), todo entremezclado con micropastillas “culturales”, me parece un remedo odioso de la televisión pública.
Primero fueron las bandas reinformación en pantallas luminosas sin fin. Luego los plasmas en las estaciones y, ahora, los televisores en los vagones. ¿Qué sigue?
Por eso, las pantallas azuladas ahora me dan la sensación de una pequeña y dulce venganza, porque yacen silenciosas, medio muertas, y los introspectivos pasajeros se ven obligados a mirar furtivamente entre los rostros ajenos. Quizás alguien se anime a decir simplemente hola.
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siempre me apestó el metro… ahora con el transantiago simplemente no lo soporto.
prefiero mil veces la micro… el mal menor