No me cuadran los números
Buenos Aires huele a tinta y papel, uno de mis aromas preferidos. He visitado esa ciudad un par de veces y siempre termino pegado a estanterías abarrotadas de textos en sus pequeñas y grandes librerías. También mascullo secretamente mi envidia mientras paso por el costado de sus kioscos, en los que toman el sol variadas publicaciones, además de libros, discos y revistas.
Los kioscos y emporios librescos de Santiago palidecen y encabronan cuando se hace la comparación, no sólo por una cuestión de variedad, sino porque los precios hacen recordar con poca amabilidad a la madre y las bisabuelas de los comerciantes. Diga usted si no es para espantarse:
Hace un año que estaba tratando de terminar la gran novela de Neal Stephenson, Criptonomicón. No es que lea tan lento, sino que compré en persona el primero de sus tres tomos; recibí como amable regalo el segundo y, finalmente, perdí varios meses buscando el tercero. Cuando lo encontré, en una modesta versión de bolsillo tasada en su tapa en 5 euros (algo así como 3.600 pesos chilenos), me resistí a pagar los 11 mil pesos que cobraba la librería. Me convertí en un verdadero objetor de conciencia del consumo literario, a pesar de las ansias por terminar el relato.
Por eso mismo, a penas tuve tiempo en Buenos Aires durante un viaje de trabajo, partí campante a comprar el tomo en cuestión, que costó exactamente 29.75 pesos trasandinos en una edición menos humilde que la de bolsillo. Es decir, el costo al lado del Río de la Plata fue de 4.745 pesos chilenos. Quería besar al porteño que me lo entregó, junto a una enciclopedia de manualidades y otros libros para niños que costaban bastante menos de la mitad del precio santiaguino.
Después de tropezar en varias esquinas por leer distraídamente mientras caminaba por Florida, retomé mi costumbre de mascullar. No soy una lumbrera para el cálculo, pero no me cuadra la diferencia de precios.
Para agigantar mi rabia hice una simulación de compra en amazon.com. El mismo título, nuevo y con costos de entrega incluidos, llegaba a los 13.500 pesos. Si lo compraba usado, el envío no alcanzaba los 9 mil.
¿Por qué estas diferencias de precio? ¿Se explica sólo por el oprobioso impuesto de 19% al libro (el más alto del mundo según algunos)?
He escuchado muchas veces la cantinela de que el impuesto al libro desincentiva la lectura y, en contrapartida, que la falta de este hábito en Chile (léase poco consumo) tampoco alienta una producción editorial con menores costos.
Es cierto, los chilenos leemos poco y no sólo por el alto precio de los textos. No hace falta ser muy perspicaz para darse cuenta que las bibliotecas son bastante menos visitadas que la casa de la suegra. Un verdadero zapato chino: la gente no lee porque los libros son caros y los libros son caros porque la gente no lee.
Triste panorama, pero más triste si se considera que –a mi modo de ver- el libro hoy es tratado como artículo suntuario, enfocado principalmente al refinado público ABC1. Los C tienen la alternativa de las cunetas para hacerse de títulos de difusión masiva que me cuesta creer que aporten mucho al compromiso lector (sí, me carga la Isabel Allende). Según la Encuesta sobre consumo cultural y uso del tiempo libre del Instituto Nacional de Estadísticas de 2004, la adquisición de libros llegaba al 76,3% en el sector socioeconómico alto; a 39,2 en el medio y apenas un 17,9 en el bajo. Además, la versión 2005 de esa misma medición dejaba en claro que a mayor nivel de escolaridad, también se incrementa el consumo cultural. Es de imaginar quienes tienen más años de estudio…
Y luego muchos autores despotrican contra la piratería, pero me sorprendió saber que en Argentina el libro de cuneta es bastante menos recurrente que en las calles de Santiago ¿Serán los precios que no incentivan la industria piratera?
¿Qué hacer? Creo que la baja en el precio de los libros es una necesidad social urgente y por cierto que eso implica volar el impuesto, pero también es necesario instaurar una nueva relación con el papel impreso. Trato de hacer mi aporte en casa, donde los libros son un juguete y entretención diaria para dos diablillos que aman el papel, que piden cuentos y que arrastran sus tomos pequeñitos ante cualquier salida de más de media hora.
Aprendí a amar la lectura viniendo de una familia sencilla, en la que los libros eran un artículo común. Esa familiaridad venía en parte del acceso a títulos de precios moderados, además del cariño por el saber heredado directamente de la cultura obrera.
Un amigote me contaba que un texto autoeditado de más de sesenta página no salía más de mil pesos como precio de costo. Agréguele impuesto, distribución y otros conceptos comerciales. ¿Debería costar más de diez veces su valor costo en las vitrinas de cualquier librería? Me parece que no. ¿Son mis malas matemáticas o los números no calzan?
Libros más baratos; editoriales más valientes; niños con libros de juguete; casas con títulos esparcidos en los rincones; escuelas con menos textos obligatorios y más contacto con la búsqueda de entretención e información significativa para los que están comenzando a mirar páginas. Es harto pedir y parece que a poca gente le importa algo.
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En verdad da rabia esta cosa de los libros. Cuando fui a Mendoza no podía creer los precios de las librerías. Y claro, una amiga me dice siempre que en Chile el que quiere leer puede leer, pero en verdad tampoco creo que se pueda plantear como única alternativa el estar sentado en una biblioteca del centro todo un día… no sé, es tan obvio que se debe bajar el precio de los libros, es tan obvio que pasa lo mismo con los discos, y es obvio que tomando esta obvia medida, la piratería desaparece. Y es obvio también, el pensar que si los mismos que reclaman contra la piratería no toman esta medida para la inmediata desaparición de ésta, es porque hay gato encerrado.
O son muy tontos, o muy inteligentes.
Saludos, y espero no tener que esperar 3 meses para leer otro texto tuyo… incentiva la lectura po!!!! jajaja