Yo no tengo a nadie que me perdone

- Que sí hombre, que los ateos también nos movemos en un marco ético, sólo que no está mediado por el temor o los dictámenes de alguna iglesia, le dije ya algo mosqueado por el tono acusatorio de su pregunta.

¿En qué momento pasamos del clima a este debate teológico? No lo sé. Yo tan sólo rellenaba un incómodo silencio mientras fumábamos en la puerta de la oficina cuando, sin decir agua va, partió esta oleada de tomas de posición sobre las creencias trascendentes de cada quién.

- ¿Y tú en qué crees?

- Soy ateo, respondo, no sin temer el vendaval encubierto que vendría luego de esa mirada misericorde. A esa altura, ya calculaba que habría sido una opción -con menos costes- haber largado la respuesta tipo: ¿Yo? agnóstico.

Después de todo, esta salida parece haber escalado muchas posiciones en el ranking de los lugares comunes o de esas tramposas convenciones “políticamente correctas” que dejan en paz a freakys como su servidor. Eso de plantearse como agnóstico parece haber cobrado un sentido más tierno ante las contrapartes religiosas. Parece una forma de decir, ceremoniosamente, ‘no comparto sus afanes, aunque en una de esas…’

Sin embargo, hace tiempo converse conmigo mismo y coincidimos en que evadir las definiciones más tajantes también mantiene una tolerancia artificial frente a temas en los que tenemos una posición específica, ni rígida, ni inapelable, pero clara.

Por lo demás, esa visión armoniosa sobre la agnosticismo que se ha ido imponiendo en mi realidad cercana, me deja un gusto descafeinada y definitivamente no me convence.

- Pero en algo creerás ¿no?

- Nop.

- Pero, alguien que no cree en Dios difícilmente puede y tener parámetros claros en lo moral, un marco ético ¿no crees?. Después de todo sin una referencia de ese tipo nadie podría saber qué es bueno y deja de serlo.

En este punto llegamos a una delicia frente al tema. Repaso las opciones y me encuentro con una joyita de entrevista a Isaac Asimov, que me parece debería imprimir al momento y regalar al preguntón. Se trata de un diálogo publicado por Del Free Inquirí en la primavera de 1982.

Armado de algunos pasajes, le planteó que no veo porqué la gente que cree en Dios o sigue una religión sea automáticamente buena o mala, aunque me llama la atención la cantidad de casos de pederastia, puntualmente entre quienes -según el sentir popular que me rodea- deberían ser los mejores entre los buenos… Pero eso es harina de otro costal.

Retomando, digo que me parece muy claro que cada ser humano es capaz de elegir y que los puntos de referencia no sólo están en la religión. Pero, además, planteo que esto es una mayor responsabilidad para quien no creemos, porque se llega a ser el peor de los jueces. “Yo no tengo a nadie que me perdone”, como dice Asimov.

Acá la conversación toma ribetes extraordinarios y parece que he regado bastantes ofensas, porque los cuestionamientos a mi capacidad de responder las preguntas trascendentes se ve una y otra vez vilipendiada. Digo en mi defensa que sólo he planteado mis posiciones personales, que no busco convencer a nadie y que si crees en algo superior es tú problema.

Pero allá vamos a la carga otra vez:

- Tu no puedes demostrar la inexistencia de Dios.

- Y por qué tendría que andar por la vida tratando de demostrar la inexistencia de algo en lo que no creo. Pienso que los creyentes deberían preocuparse justificar esas convicciones. ¡Ah!, tu no puedes demostrarlo… Pero tienes fe y sabes de su existencia en lo más profundo de tu corazón.

Me alegro por ti –digo-, pero tampoco puedo demostrar la existencia del Viejo Pascuero y recuerdo que cuando niño también sentía, a pesar de cualquier burla de algún vecino “no creyente”, que este señor era una verdad irrefutable. Yo tenía una fe ciega, que me ayudaba a soportar una espera miserable de horas y horas antes de poder abrir los regalos a las 12 en punto. Paradójico, no te parece.

En este recodo, veo una frente arrugada de mi interlocutor y la batería antiherética que espera destazar mis últimas apreciaciones, pero el teléfono y una corta conversación sobre temas de oficina lo devuelven a su tranquila complexión.

Es que en nombre de la tolerancia, a veces me da la impresión que disfrazamos las posiciones críticas en una suerte de pasividad llana, un estatus quo que defendemos en el día a día. Esto de plantearse ateo con todas sus letras parece un tanto agresivo y creo que se impone la táctica del ‘atrás sin golpes’

Espero que se venga otra oleada, pero nada. A vuelta de comerciales, hemos retornado a esa actitud de ‘todo vale, pa’ que peleamos por tonteras’ que nos hace pasar las asperezas como mirando de soslayo. Si en el fondo ‘todos somos hippies’.

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