La reina descuartizada
Esta mañana me enteré por una nota de La Tercera sobre el amargo lamento de Cecilia Bolocco en una revista farandulera respecto de la situación que vive a raíz de las fotos que no dejan de acaparar la atención medial. Dice sentir que la están “descuartizando en La Vega y vendiendo pedacito a pedacito al mejor postor”.
La nota comenta que en la entrevista la ex Miss Universo habla de juego sucio, maquinaciones y extorsión. Todos los ingredientes para acrecentar el morbo nacional en torno a unos de sus baluartes televisivos mancillados en el enfremo juego de las virtudes públicas y vicios privados.
En general, las aventuras y desventuras de esta gente me tienen sin cuidado, aunque es difícil escapar de los bullados episodios que acaparan hasta las ahogadas conversaciones del Transantiago. Pero en este caso no me es indiferente, por un detalle que la frágil memoria nacional dejó de lado hace rato y que, sin embargo, marcó una de mis cicatrices sicológicas relacionadas con la dictadura.
Recuerdo claramente cuando la “más bella de Chile” era consultada por la prensa, allá en 1987, sobre su opinión acerca del caso de María Paz Santibáñez, la joven pianista baleada a mansalva por un policía que la acusada falsamente de agredirlo en una manifestación. La Bolocco decía tajante que “a la universidad se va a estudiar”, agregaba que debía saber qué hacía y ahondaba sobre los nocivos efectos de reclamar frente a la autoridad. Todo eso mientras María Paz estaba en coma con vigilancia policial por haber agredido a un Carabinero.
Qué más podía hacer el rostro bonito de la dictadura, la que se había hecho acreedora a un telegrama de felicitaciones del mismo capitán general. La verdad, fue una de mis primeras aversiones televisivas. Además, nunca he podido olvidar la cara desfigurada de Carmen Gloria Quintana, quemada por una patrulla militar en 1986, acto de horror que costó la vida de Rodrigo Rojas a manos de una patrulla castrense, cuando veo aparecer a la sonriente Cecilia Bolocco en la programación nacional.
Siempre he pensado que el horror que tantos vivimos como espectadores-participantes de la brutalidad dictatorial de alguna manera nos dejaron ciertos tics, como el miedo que siente mi bella bruja cuando resuena algún helicóptero sobre nuestras cabezas.
Para mi la Bolocco es de alguna manera símbolo visual de todo ese absurdo, de la injusticia, del miedo. Un símbolo más, como los militares de cara pintada con sus estridentes fusiles a la salida del Metro Tobalaba cuando regresaba del colegio. Esas figuras lejanas y siniestras, como miedos infantiles, que para siempre me quedaron en la cabeza, desde esos años en que apenas salía de la infancia.
Sinceramente, no me alegro de dolor ajeno, pero en este caso no puedo sentir más que una especie de revancha absurda, pensando que la vida da vueltas y, finalmente, termina por corresponderte la bofetada.
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