¡No, sin aceite no!
- ¿En qué trabaja tu papá?
- Es chofer de micro, respondía con orgullo. Pero llegado a ese punto mi interlocutor arrojaba una mirada extraña. Con los años comprendí que se trataba de un cierto desprecio. Nunca lo entendí muy bien, porque siempre he estado orgulloso de mi padre: cuando sea grande, aún quiero ser como él.
Por lo demás, crecí entre los fierros retorcidos y ruidosos de alguna máquina de la locomoción colectiva, como la 50, una Mercedes Benz pequeñita y verde que iba y venía entre Ñuñoa y Santiago Centro hasta su definitivo exilio en regiones, a fines de los ‘70.
En esa “liebre” desvencijada pasé grandes alegrías infancia sentado allí, al costado de mi padre, afiebrado por el verano santiaguino y el mareo contable de mi labor como cobrador de pasajes y cortador de boletos.
Así comenzó mi gusto simple por pasear en micro y ver pasar la ciudad desde un metro y medio de altura, a través de los imperfectos cristales plastificados.
También trabajé entre micreros. Cobre planillas y escuché sus floridos discursos, peleas y tristezas. Los vi bailando cumbias, en trencito, en medio de las garitas polvorientas; los vi jugando al Crac; contando historias increíbles y lanzándose sobrenombres ingeniosos y mordaces: el Semáforo Africano, Sartén de Cowboy, Garzón de Barco, Balón de 15 o el Profe, para aquel hombre grueso y ceñudo, capaz de espetar un improperio cada dos palabras.
Tipos rudos y toscos, curtidos en jornadas de más de 12 horas conduciendo sin dirección hidráulica, en la batalla cotidiana por sumar boletos para incrementar ganancias diarias que terminaban por labrar una vida sobrellevada al día.
Así pasé los veranos de la Universidad, en garitas de Casas Viejas y Peñalolén, haciendo dinero para la matricula y los cuadernos, cobrando planillas como reemplazante del escaso personal administrativo de una flamante “Asociación Gremial”.
De esa forma conocí la fauna del gremio, como siempre les gustó llamarse a sí mismos: empresarios, choferes, planilleros, inspectores, aseadores, mecánicos, etc.
Ahí conocí a la gente que vivió por años de un oficio despreciado y blanco de todo posible insulto. Así también entendí porqué esa mirada cuando respondía por el oficio de mi padre y comencé a comprender que él y sus buenos días a los pasajeros, su buen humor constante y su facilidad de risa, eran una bella excepción.
Pero también me empecé a recordar lo que un antiguo empresario decía irónicamente: “son borrachos, ladrones, aniñados… pero en el fondo, son buenos muchachos”.
Cómo no recordarlos así, si los vi haciendo colectas para el compañero enfermo, porque el que no corta boletos no come; los vi con los ojos aguados cuando despedían a bocinazos a algún compañero de camino al cementerio; los vi bailando y riendo entre una vuelta y otra por Santiago y levantándose a las 4 de la mañana después de haber trabajado hasta hace pocas horas, simplemente porque “hay gente en la calle”.
Esa fauna esta a punto de morir, por lo menos del modo que en que la conocí. El Transantiago enterrará progresivamente a esos personajes, pero también a los pequeños empresarios de máquinas viejas y aún sin pagar, a muchos planilleros, aseadores, pintores de letreros, mecánicos chasquillas, además de diversos cultores de extraños oficios que se ganaban la vida en torno al gremio.
Me dirán que el gobierno ha previsto soluciones para esa gente, pero no seamos ingenuos… No absorberán unos cuantos operadores a miles de personas esparcidas en trabajos que se pueden ser procesados por alguna reingeniería que haga menos necesaria tanta mano de obra.
Muchos cambios son traumáticos y es cierto que se trata de una transformación necesaria frente a un sistema de transporte público poco eficiente y amigable, que obligaba a sus trabajadores a correr por porcentajes. Pero, como es costumbre, los platos rotos los pagarán quienes no tienen derecho a pataleo.
Por lo demás, la mejora en el servicio es una cuestión que está por verse, con una Metro sobre exigido, mayores costos de desplazamiento a mediano plazo y un intrincado proceso de puesta en marcha donde, también como siempre, las definiciones las hacen quienes no andan en micro.
If you enjoyed this post, please consider to leave a comment or subscribe to the feed and get future articles delivered to your feed reader.
Comments
Gracias por el voto de confianza. Pero no creo que den para tanto. Además, mantengo este espacio casi para el monólogo, salvo por un puñado de amigos que de cuando en cuando lo visitan.
Creo que estas divagaciones gozan de buena salud aquí donde están.
Besos.
Mi papa era chofer de Camiones que transportaban aridos. Yo vivia en una casa ubicada en el taller donde guardaban a estos grandes mounstros de la contru!.
Me acostumbre al olor del aceite, de hecho me gustan esos olores rancios que a mucha gente les da dolor de cabeza.
Que hablar del transantiago por aca en quilicura…. Desastre!
Adios
Ejale Jean Paul!
Ahora que leo tu comentario, se me viene a la cabeza el olor a petroleo y aceite. A mi también me traen recuerdos esos olores fuertes.
Del Transantiago, ni hablar. Mi experiencia personal no ha sido buena. Me demoro más de 40 minutos en tomar la misma micro que antes sólo esperaba cinco. He probado usando micro y Metro (hay una estación relativamente cerca de mi casa), pero tampoco he tenido suerte. Eso sí, hablo de la primera semana del cambio de sistema, porque luego estuve de vacaciones. Vamos a ver como va todo de vuelta a clases.
Saludos!






A veces me da rabia que no socialices más tus textos… No es presumir mostrar lo que uno escribe, es casi una responsabilidad sobre todo cuando son buenos.
Yo que tu… por lo bajo… esto lo mandaba a algun medio escrito como columna de opinión o lo que sea.
Yo