Duelen los ojos
Hace más de una semana tenía la intención de escribir sobre una selección de fotos que muchas gentes deben haber visto en la red. Se trataba de varias imágenes que partían con un par de niñas israelíes escribiendo mensajes en cohetes que probablemente –especulo- ya han hecho blanco en suelo libanés.
La secuencia sigue con algunas instantáneas que muestran los cuerpos inertes de niños libaneses. Son imágenes que se repiten en diversos sitios y, en especial, una de ellas me dejó los ojos húmedos y el pecho apretado.
Es una foto al aire libre. Varios hombres están parados y una máquina retroexcavadora da cuenta de trabajos de rescate o despeje. Las caras mezclan la incredulidad, el asombro y una tristeza indecible. Hay un hombre que sostiene el cuerpo de una niña –presumo- muy pequeña, con ropa hecha jirones, descalzo, ensangrentado y sucio. El hombre parece decir: “miren lo que han hecho” y sus ojos tras las gafas delatan una amargura que difícilmente creo que se pueda dejar atrás. Yo, un mero espectador, tal vez incapaz de dimensionar realmente ese horror, no puedo olvidar esa imagen.
Hoy escribo estas líneas porque de nuevo me he topado con una imagen que describe ese terror inconmensurable. No son las bombas, es el hambre. No es Líbano, sino Sudán. No fue hace un par de semanas, sino en 1994.
Se trata de la imagen de otra niña -en evidente estado de desnutrición-, que se está recostando en una tierra agreste. El cuadro hace pensar que sólo le quedan unos minutos de vida. A unos metros hay un buitre expectante, esperando ese momento.
Se trata de una foto captada por Kevin Carter quien –según informa el post- ganó el premio Pulitzer de fotoperiodismo con la imagen tomada en la región de Ayod (una pequeña aldea en Sudan). El mismo texto indica que el propio autor declaro que “es la foto más importante de mi carrera pero no estoy orgulloso de ella, no quiero ni verla. La odio. Todavía estoy arrepentido de no haber ayudado a la niña”.
Además, cuenta el artículo que “cuatro meses después, abrumado por la culpa y conducido por una fuerte dependencia a las drogas, Kevin Carter se quitó la vida”.
Tengo la costumbre de linkear las fuentes y trato de ilustrar un poco las líneas que tecleo, pero hoy no he tenido las agallas de hacerlo directamente. Pondré al final los enlaces que conducen a las imágenes que comento, pero sinceramente no quiero verlas de nuevo. Soy padre de dos hermosos niños. Simplemente no resisto pensar que hay seres iguales que ellos viviendo o muriendo ese tipo de situaciones.
Siempre he pensado que todos somos padres de todos los niños, que nuestra responsabilidad no termina sólo con los pequeños que cuidamos a diario y, por lo mismo, cuando veo imágenes de este tipo me doy asco, me das asco, me dan asco.
Me duelen los ojos, me duele el alma.
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Esto es muy brigido. se tiene de a olvidar uno de la verdad. a no dimensionar lo que realmente está pasando.