Historial clínico

botellas.jpg

Antes del año ya había pasado un mes en el hospital. Amebas en el estómago fue el diagnóstico de un médico yanqui que visitaba el país por obra y gracia de un seminario internacional de gastroenterología pediátrica.

Fue un rajazo bastante oportuno que me quito de las manos el pasaje al “patio de los callaos” gracias a los contactos médicos de mi madre, ya a esas alturas una sacrificada trabajadora del sector salud.

Esos mismos contactos en el sistema asistencial me salvaron de cualquier marca en la mano derecha, tras lavar un durazno en agua hirviendo, evento que me quitó un verano de piscina en la pequeña pileta del jardín infantil del glorioso Instituto de Neurocirugía.

Luego de eso: paratifus, varicela, problemas gástricos varios, un par de esguinces y una que otra insolación. Nada de mucho cuidado, hasta la juventud.

A los 18 una ventana casi me despoja del dedo meñique de mi mano izquierda. A fuerza de tres meses de puntos, suturas, electrobisturí y, por fin, una esponja que logró cerrar la herida constantemente abierta por la difícil cicatrización en una zona compleja por la constante humedad (es bien raro contarse la unión entre meñique y anular).

Poco después, un absceso en el muslo producto de una picadura de araña terminó en incisión quirúrgica, cinco puntos y un par de semanas fuera de las pistas.

Ya de adulto, parálisis facial vía estrés con casi 30 días de recuperación a fuerza de cápsulas neurológicas, golpes de corriente y musarañas en el espejo del kinesiólogo.

Por los treinta, extracción dental que deja abierto un conducto con la cavidad nasal y un desagradable ir y venir de aire desde un lado a otro. Relleno en la cavidad, cicatrización y a otra cosa mariposa.

En lo reciente, una infección dérmica producto de bajas defensas me deja dos semanas fuera de combate, con 16 dosis de penicilina inyectable en los cuartos traseros y la impresión de haber recibido una fuerte quemadora en el torso.

Fue la última de las extrañas afecciones que religiosamente me tumban cada dos años desde el ingreso a las filas de fuerza laboral.

Como uno tiene la desagradable tendencia a no hacerse más joven, además de la cajetilla diaria, la costumbre de no despegar el traste del escritorio y la bella presión de la vida moderna, ya tengo miedito de la que venga en dos años más.

Pero bueno: peor es mascar lauchas… dice mi mamá.

If you enjoyed this post, please consider to leave a comment or subscribe to the feed and get future articles delivered to your feed reader.

Comments

que dolor.
Lo importante es no hacer mitos de las cosas malas.
esperemos que en dos años más no pase nada.
además los chicos en dos años más estarán dos años más grandes.
y pronto tendras tres personas para que te cuiden.

digo, que puedab poner la tetera. :P

Es verdad… sólo me lamentaba de esa extraña periodicidad. Por lo demás es muy cierto que ya estoy formando un batallón de enfermería :)

A no guevees… en dos años más queremos estar carretiando! Tendremos 5, 8 y 36… se me empieza a cuidar ahora y a bajar el cigarro que prefiero una semana de vacaciones que una encerrados bajando fiebre! Igual… si te enfermas ahí estaremos! BEsos

Yo trato de cuidarme, en serio, pero la carne es débil ante el café y el tabaco :( Mucha mala costumbre traigo de fábrica. Pero trato de enderezar esta rama de árbol viejo :D

Sí, es cierto que las enfermedades se vuelven un referente para mirar los buenos o los malos períodos de nuestra vida. Y las viejitas, después de todo, las tienen como tema de conversación recuerrente a la hora de una cola o cuando uno las visita. Vivir para morir es una consigna. Pero uno se le resiste. Cuando chico creo que tuve todas las enfermedades y accidentes posibles. Hasta los 10 años la fatalidad y la corta vida, parecían anunciar lo que había sido mi primer mes de vida en una incubadora. “Sería un niño enfermizo”. Pero no lo fui. Y desde hace bastante años que vivo del lado de los vivos con alguna insistencia que me asombra. Sin esperar acercarme, espero ni siquiera en dos años, a esa región cercana, pero distante, de los enfermos o donde reina el silencio más oscuro. Por decir lo menos, estamos bien y echándole pa’ delante.

Salud y larga vida, señor Fargus.
R.

Deje un comentario

(requerido)

(requerido)