Sigo siendo pingüino (a propósito del pataleo secundario)

zapatos.jpgHabía mucho papel picado en los patios y coloridas pancartas en los muros del liceo. Frases de grueso calibre contra Sergio Gaete y su mala idea de dar una palada final al orgullo republicano que -según recuerdan nuestros mayores-, era el sistema educacional chileno.

Se trataba de una estocada decisiva a ese monstruo come-presupuesto que era la educación del Estado; era el párele definitivo al andamiaje republicano que hacía entonar cantos épicos a la visionaria idea de los próceres de la patria que veían en la instrucción pública el futuro Chile.

Horror para los normalistas, para los iluministas y amantes de un incipientísimo Estado benefactor que tuvo su punto final un martes de septiembre. Gol de media cancha de los liberales, de los Chicago boys y sus sucedáneos, de la libre enseñanza y el desarrollo nacional gracias a libre emprendimiento en la tierra de los claustros.

Eran mediados de los 80’ y mis zapatos Pluma, acompañados de horrendos calcetines blancos, vivían húmedos y fríos por los ríos y lagunas que diariamente desataba el guanaco en las inmediaciones de la Universidad de Chile. Eran tiempos de manifestaciones y correrías por defender el sistema público de enseñanza y la escuálida noción de que cualquier patipelado debía tener acceso a los intrincados mundos del álgebra, los presentes pluscuamperfectos y el destino de los visigodos.

Eran tiempos de dictadura y los estudiantes secundarios iniciaban una lucha irremediablemente sin destino por evitar la municipalización de sus establecimientos, que hasta el momento se mantenían al alero del Ministerio de Educación.

Han pasado más de veinte años desde aquella época en que el suscrito, convenientemente disfrazado de pingüino, reivindicaba junto a su generación ideas bastante similares a las que el movimiento secundario de hoy –engendro nacido y criado en democracia-, sigue levantando con urgencia.

En aquella época, eso sí, la pingüinesca lucha era parte de una mayor. Una ligada inevitablemente a la caída del dictador que representaba la demoledora función de causa y efecto para la mayoría de los infortunios sociales que asolaban campos diversos como la educación, salud, trabajo o previsión…

A pesar de las marchas, cortes de vía, rayados, paros y pullas, ganó Gaete y luego vino la LOCE; cayó la dictadura y quedaron los amarres; llegaron las promesas y se postergaron los cambios; faltaron los votos (dicen) en las fauces del binominal y vino la indolencia; y ganó la paz social; y taparon el sol con las cifras y todo siguió igual.

Veinte años después, una extraña bola de nieve se viene sobre establishment, para recordarle a nuestros nuevos mayores que no era en lo que habíamos quedado, que sí estaba mal pelado el chancho y que -por lo visto-, ni la JEC, ni las inauguraciones, ni el interminable manto de cifras lograron devolver, siquiera en parte, lo que ellos tanto lloraron en recuerdo de los logros republicanos.

Los cabros tienen razón. Esta es una educación de mercado, es una educación de clases, una educación plagada de los mismos defectos que denunciaron sus ahora mayores.

Y qué querían, si esta es una sociedad de mercado, una sociedad de clases, una sociedad plagada por los mismos defectos que denunciaron sus ahora mayores.

Lograron el pronunciamiento, las consabidas medidas. Lograron la promesa de cambios legales y mayores recursos. Me saco el sombrero.

Lograron mover la taza de leche y lo hicieron con rasgos de democracia directa, con una muestra palpable de que la historia no se acaba y que el elástico termina por cortarse.
Pero me imagino que ellos saben que aquí no terminan las inequidades.

Sus mayores comparten el diagnóstico… Tenemos que asegurar la calidad de la educación dicen de lado y lado. Es el máximo esfuerzo repiten y los cabros se quedarán con el sabor a victoria, tanto como se puede entre los dientes.

Sin embargo el pero es grande, insoslayable, como diría mi profe de literatura.

Mejoramos el servicio al cliente. Que no se note pobreza, que tengamos mejores resultados que Malasia y que Egipto en las mediciones internacionales.

Que todos felices inundemos las comisiones de promesas, que varios miles paguen escolar 7 por 24 y 24 por 365 y que medio millón almuerce en el liceo.

Se logró mucho y, sin embargo, no se logra nada.

Seguirá la educación arrojando ilustrados al mercado laboral indolente y seguirá el mercado del trabajo bendiciendo a más por menos y muchos por poco.

La verdad, sólo una batalla, una con sabor a victoria, una con el gustillo de que los cabros si son esperanza, pero con el desconsuelo de que sigo siendo pingüino con ganas de mundo nuevo, con ganas de educación para libertad y no para mercado.

Me perdonará el paciente lector esta soberana lata, pero al parecer, hay enfermedades que no se curan ni con los años.

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Comments

Es complicado porque hay muchas iniciativa para palear los síntomas pero nunca se ataca la enfermedad de fondo: este injusto sistema.
Besos

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