Una vez estuve en Sri Lanka
O sea, en el aeropuerto de Colombo, capital de lo que algunos llaman la lágrima de la India, el país de cingaleses y tamiles.
Recuerdo que habían hileras de tiendas en el dutty free, penetrante olor a sudor y una pequeña pecera en que se permitía fumar a los viciosos que -como yo mismo- lograban soportar con mucho esfuerzo la sofocante cortina de humo que oscurecía el lugar.
Había muchos de discos compactos de música diversa y ollas de metales descoloridos y pesados; había té en montañas y aparatos electrónicos de marcas desconocidas. También habían baños que, como la sala de fumadores, hacían temblar la nariz de los pasajeros que se aventuraban a traspasar la puertas grises que se abrían en medio de las tiendas.
La visión era más próxima a un terminal de buses que a un aeropuerto. El calor era aplastante y la sensación ambiental desmejoraba la visual.
Me animé a cambiar unas rupias para comprar un refresco. Además, quería comprar té, pero el calor, la gente, el hedor a sudores me dejó en un rincón algo desolado.
Recordé este paso, que por nada representa alguna apreciación sobre Sri Lanka, leyendo algo sobre este país extraño para mi, de guerrillas en teoría pacificadas y de miles de muertos por el maremoto del 2004.
Es extraño que haya lugares que más parecen haberlo viajado a uno que viceversa, por lo menos cuando se trata de viajes de trabajo.
En pocos días parto de nuevo, esta vez a Madrid. Como siempre, me embarga esa sensación densa y desolada que tenía en la esquina de aquel aeropuerto, con un refresco indescifrable en una mano y algunas rupias arrugadas en el bolsillo.
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