Dos meses de sequía goleadora

Estaba sacando cuentas y hace cerca de dos meses que no posteo nada aquí. Se debe simplemente a que la vida laboral se puso compleja.

Primero me iba a quedar sin pega, después no, luego sí y al final no… como diría el Jko. Lo que en principio fue un respiro, porque se puede seguir parando la olla, también implicó un desgaste inmenso, porque había que acostumbrarse –otra vez- a hacer la misma pega que antes de forma distinta.

Pero vamos saliendo de ese trance iniciatico en mi “nueva vieja pega” y ya se respira algo, así que quedan algunos minutos para golpetear el teclado.

En estos pocos más de dos meses han pasado varias cosas sobre las que he querido escribir. Como soy un ulpo de amargura :p se trata de cuestiones sociales que me molestan. Y con este post espero comenzar el proceso de puesta al día:

La jubilación de la vieja chica

Hace unas semanas los genios de Provida, la AFP que el Banco de Vizcaya mantiene en Chile, se les ocurrió proponer el aumento de la edad de jubilación de las mujeres a 65 años. Esta maravillosa propuesta fue realizada en el contexto del “debate” sobre la reforma al sistema de pensiones.

Lo primero que se me vino a la cabeza después de leer la noticia fue la cara de mi vieja chica. Mi bajita y hermosa progenitora, dueña de los ojos más pardos y serenos que he visto, además de un genio que haría palidecer al Catrina.

Se me vino su imagen a la memoria porque sé que ella cuenta los días para llegar a los 60 y jubilar por fin, después de una vida laboral iniciada en la infancia y de la que saldrá, como todos los trabajadores que nunca pasaron más allá del estrato C2, con un miserable reflejo de su ya miserable sueldo mensual.

La medida que proponen los ingeniosos de la filial hispana buscaría mejorar las pensiones de las chicas que hoy tienen mayor esperanza de vida y que tendrán que sortear la vejez con pensiones que el sistema previsional ideado por la dictadura ha reducido a márgenes realmente inhumanos.

Tras la reminiscencia de mi madre, a propósito de esa noticia, un rayo de cólera me atravesó el pecho. Trataré de ser fiel a los pensamientos que me sacudieron en ese momento, más por graficar mi indignación que por rebatir las razones de estos filósofos del comercio:
Qué se creen estos hijos de puta. Primero convirtieron la previsión en la forma más sencilla de capitalizar sus negocios con rentabilidades astronómicas y ahora quieren aumentar el “capital de riesgo” a costillas de las trabajadoras.

Qué se creen estos mal nacidos. Apuesto que ninguno de estos ingeniosos tiene madre trabajadora o, por lo menos, madre que tendrá que pelarse el ajo hasta los 65 después de una vida de criar energúmenos, lidiar con sueldos de hambre, cargar una infancia de mierda y tener que resistir trabajos constantemente recargados por las exigencias del “mejoramiento de la productividad”.

Qué se han imaginado estos cuicos de mierda que creen que las trabajadoras son sólo números y no vidas de estrujadas por un sistema laboral que paga menos a las mujeres, que les exige doble turno en la casa y el laburo, que no tienen nana, que son sus propias nanas, que tuvieron que zurcirse las ganas de una vida mejor en las polleras y partir a colonizar el mundo laboral hecho a la medida de los machos.

Cómo son tan caradura para hacer pagar con cinco años más un aumento de pensiones cuya principal fuente debería ser el recorte de los costos de gestión con que las propias administradoras desangran los ahorros miserables del trabajador de medio pelo.

Pues bien. Improperios aparte, creo que estos fueron algunos de mis pensamientos sobre el tema y confieso que se repiten en diversos aspectos de la distribución social del trabajo y los recursos que genera.

Finalmente, me pregunto si aún no me puedo sacar el cáncer generado por sentimientos asistémicos que me rondan desde la temprana juventud y creo que costará encontrar cura para esto.

El gran problema es que, a pesar de la quimioterapia de la postmodernidad, a mi no se me disuelven los nódulos enfermos como la constatación de que la lucha de clases, más que un invento de barbudos desadaptados, es una realidad soterrada a estas alturas de la historia bajo el mar del consumo, el sálvate sólo, el corre que te pillo y otras delicadezas que afirman las costuras de la paz social.

Un salud por mi vieja chica, su esperanza de de dejar el trabajo con dignidad y mis maldiciones para el ingenio social de mercado.

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