La tierra prometida

Día lunes, con depresión post vacaciones MODE ON.

Sip, echo de menos los gritos de los niños, la conversación cotidiana de mi negra y la expectativa constante de partir a cualquier hora a esas playas de arena negra que se extienden hasta donde el paisaje cabe en la mirada.

Es que llegamos ayer de Curanipe y ya me quiero devolver. El viaje de casi 6 horas hasta allá siempre es algo parecido a lo que sienten los niños a acercar el oído al pecho de su madre.

Conocí esa zona al interior de Cauquenes hace más de dos décadas. Tenía cerca de doce años cuando a mi delirante padre se le ocurrió seguir el consejo de nuestros vecinos y emprender el viaje hasta Curanipe en una viejísima y destartalada camioneta amarilla que no logró resistir la travesía.

Después de regañar largamente a los ideólogos del frustrado viaje, mi madre y nuestra vecina decidieron seguir el viaje en bus, con mi hermano de algo más de una año y el vecinito de seis o siete.

Lo que siguió no fue mucho menos incómodo. Bus hasta Cauquenes y luego una micro -en condiciones parecidas a la fallecida camioneta- que luego de caminos polvorientos y calurosos nos llevaron a destino.

Fueron las largas vacaciones de los 12 años en que conocí ese poblado maravilloso, de una sola calle, bordeado por bosques y el mar amplio, a ratos desierto de las marejadas humanas que conocí en el litoral central.

Pero no sólo la geografía era alucinante, sino la gente. Mis vecinos de Santiago y compañeros de viaje tenían familia allá en el sur. Así conocí al Raúl y su esposa Rosita, él pescador (buzo en ese tiempo), ella contadora. Así conocimos a sus padres, tíos y vecinos, y así, año tras año, nos fuimos encariñando con Curanipe.

Allá pasé hermosos veranos de sol y viento. Allí conocí a Sastre, Luxemburgo, Borges y Rojas. Ahí asolé las playas solitarias con mi guitarra y caminé kilómetros de arena. Allí le robé una y otra vez los largos cigarrillos Windsor a mi madre y descubrí la roca desde donde se observaba el pablado con un solo golpe de vista. En esa saliente observé puestas de sol y pasé largas horas escribiendo papeles ya perdidos. Allí pasé más horas que cualquier otro mortal entre las olas y en los video juegos pero, por sobre todo, pase más horas con mis viejos tan raptados por trabajos de más de ocho horas.

Por todo eso fue lógico incitar a mi compañera a conocer esos parajes de infancia y, -como no- ella también quedó prendada. Así que año tras año hacemos nuestra incursión hasta esos lares para volver a sus playas negras y a esas noches dulces y cansadas.

Es extraño el apego a los lugares y puede, con justa razón, que alguien considere esos parajes algo pueriles en comparación con otros más amables a su juicio, pero como soy un animal de cariños y odios profundos para mi se trata de la tierra prometida , a pesar de los pasares.

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