Y no me olvido de La Chancha

Hace más o menos 15 años (glup!… cómo pasa el tiempo), en una calurosa tarde de verano, la mitad de mi cara se encontraba en traumatizante impacto con el ardiente pavimento de calle Hamburgo, pasadito Irarrázaval.

Aún no salía de la semi inconciencia por el brutal choque, cuando un armatoste pesadamente metálico hundía sus vértices en mi ya bastante magullada humanidad por el contacto-deslizamiento por la extendida dureza cemento callejero.

En un instante terminaba el pedaleado amorío -de más de una década- con mi Chancha: la bici CIC que el Viejo Pascuero me trajo para la navidad de mis recién estrenados seis años, junto a ese robot de plástico que iluminaba la panza con su ruidosa descarga de cuerda.

Nos es que guardara algún rencor con mi pesada bicicleta color concho-vino, adornada con sillín, manillas y acabados blancos, por el fortícimo conchazo. Ella perdió un pedal en el furibundo esfuerzo por alcanzar velocidades supremas en el ascenso hacia Tobalaba, y yo, sin soporte en el pie derecho, fui a estrellarme contra el suelo amortiguando de paso su cabriola hacia la solera.

No, definitivamente no podría haberle guardado rencor. Después de todo, aprendimos juntos la magia del equilibrio cuando a penas mis pies alcanzaban sus pedales; juntos emprendimos los primeros viajes -a escondidas de mi madre- hacia parajes absolutamente desconocidos; juntos hicimos tierra mil veces y saltamos los más diversos obstaculos, ella simulando ser cross y yo creyendo en milagros.

Sí, juntos pasamos la mitad de la infancia y un buen tramo de la adolescencia recorriendo calles ñuñoínas y extendiendo mi conocimiento de los confines urbanos hasta límites que habrían hecho palidecer la férrea creencia de mis padres en la responsabilidad de su primogénito.

Fue sólo un terrible accidente que me dejó grandes moretones y, a ella, una triste invalidez que mi eterna falta de dinero nunca pudo solucionar en la juventud.

Años más tarde, mi viejo la reparó y la envió a servir nuevos caminos en las proximidades de Chillán, tierra oriunda de mi madre. Espero que su salud sea aún estable entre los sendas de tierra y piedras que recorren lejanos primos campiranos allá en Colvindo.

Me acordé de mi querida Chancha el último día de 2006 con mayor fuerza que hace muchos años. La recordé austera pequeña mientras tranzaba -en calle San Diego- el precio final de una nueva bicicleta, con la ilusión apretada como cabro chico frente al escaparate que guarda el juguete de sus sueños.

Pudo más esa ilusión que mis apremiantes deseos de ahorrar o, más bien, que el pudor de gastar una suma para mi importante en un bien para mi uso propio.

En fin, otra vez los pavimentos de Santiago me vieron pasar en maratónica carrera esa calurosa tarde de 31 de diciembre, con la misma sonrisa de niño, claro que ahora en una bici más burguesa, liviana y delineada que creo firmemente y a pesar de sus grandes encantos, jamás me hará olvidar mi primer amor pedalero: mi Chancha casi marrón de líneas dulcemente albas.

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Comments

A veces hay que acordarse de uno. Esta bien. Hace bien y cuando uno esta bien, el resto lo agradece.

Y claro a quien llamabas para pedirle el consejo, cual compro, y esto o lo otro?
pequeño padawan los caminos de la cleta conocer tu debes…

“(…) A veces hay que acordarse de uno.”
La pura verdad, pero se hace dificil cuando se es papá y las necesidades crecen como espuma, los sueldos parecen achicarse, etc… Pero bueno, no es malo invertir en una salida de sedentarismo porque su ataque a la cuchara no sale nada de barato :P

“Y claro a quien llamabas para pedirle el consejo (…)”
Sipes, si los amigos no sirven para dar una manito con eso… bueno,
en todo caso eso mantiene tu línea abierta para los problemas con Debiancito :D

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