Squirrel, Fargus and Duke
Ya hace un par de semanas llegué de mi primera visita al imperio. Bueno, la primera vez que estoy algo más de seis horas en la tierra del sueño americano, la Coca Cola y las decisiones políticas que hacen temblar la vida sobre el planeta… Para el caso, eso es harina de otro costal.
Pero, primero, lo importante. Aquí están las fotos que me pidió la E cuando le conté que habían ardillas de cola larga en los árboles del campus que, al estilo Harry Potter, se extiende con arquitectura medieval por un par de hectáreas de bosques esplendoros. Ahí estaba yo mirando el entorno con la boca entreabierta mientras hablaba con mi hija, la E, así que aprovechando la presencia de Héctor (reportero gráfico) y de la movediza ardilla, le pedí la imagen del nervioso bichito que subía y bajaba por un añoso árbol que a los pies tenía alimento que alguien había dejado. Aquí dejo las fotos, para no perder todo, como siempre :(.
Dicho lo esencial, paso a mis lateros comentarios :P. Se trató de un viaje de dos días a Duke, pueblillo universitario de Carolina del Sur. Sip, tierra de la esclavitud y el KKK… Como se aprecia mi amor por los Estados Unidos no es mucho y menos por los estados de la confederación, pero en fin.
Fue una experiencia más bien campirana, del primer mundo por cierto, pero en un sector bastante especial. Nada de grandes ciudades, megalopolis o urbes descomunales. Sólo un campus universitario que de pronto se convierte en nodos urbanos unidos por grandes carreteras, de esas que hacen palidecer los grandes orgollos criollos como la Costanera.
La llegada fue una noche de viernes. El viaje de 12 horas que ya me tenía algo nervioso. Tras poner los pies en tierrra norteamericana partimos en dos minibuses a un hotel bastante cómodo que se encontraba en ampliación por lo que grandes sectores pareceían en obra gruesa.
Tras comprar unas cocacolas en un servicentro a dos cuadras del hotel, a la cama, a dormir rápido para partir temprano al día siguiente a un pequeño recorrido por la Universidad de Duke -como decía antes- un sector con edificaciones de corte medieval coronados por su catedral gótica que da un aire de extrana tradición al sitio. Hay que conceder que eso es lo que se respira, tradición y sobriedad.
Aquel centro de estudios fue creado a inicios del siglo pasado por un tabacalero que tras batallar en la guerra de seseción americana se dedicó a uno de los más lucrativos negocios del sur estadounidence. Entre Washingthon Duke y su hijo, buscaron una forma de perpetuar el nombre de la familia. Muchas obras de caridad se sucedieron hasta llegar a la creación de esta Universidad, que por cierto ya existía, pero a la cual terminaron dando el nombre, gracias al pragmatismo académico que no dudó en mutar la denominación anterior a cambio del jugoso financiamiento.
Así nacio esta universidad, una de los más importantes centros de estudio privados del sur y que entre sus símbolos cuenta con los Diablos Azules de Duke, equipo de basquetball que es el grito de guerra deportivo de los estudiantes.
Durante nuestra estadía en aquellas tierras era momento de graduaciones. Por eso, los hoteles estaban llenos y por todos lados se observaban familias americanas y de diversas razas que paseaban por los caminos y sitios que durante el año son habitados por sus hijos.
En el lugar se observaban muchachos que, con toga y birrete, comentaban los pormenores de fin de año en grupos que a ratos quedaban en silencio con la llegada de los padres.
Allí se cría parte de la intelectualidad del imperio, esa que se compra con fajos de dólares y una dedicación completa apoyada por el entorno pensado para el desarrollo académico. Extraña fórmula, sobre todo observando la realidad universitaria de mi país de proveniencia, donde toda posible comparación queda fuera de lugar.
Una tarde algo libre y luego actividades formales, incluyendo la graduación de la universidad en una campo de futbol americano plagado de familiares en la gradas y un ciento de sillas en el verde prado en que los nuevos profesionales celebraban con sus birretes al aire.
Sospecha, sólo sospecha me quedo entre la sienes. Sospecha de esa fórmula que a lo lejos me parecía artificial y maqueteada, como de neón, como el imperio, como la opulencia, como esa forma de vida de película comercial, tan lejana, tan inclemente ante mis visiones sudacas.
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