La tierra de las mariposas
Ya pasan de las 5 de la tarde. Es una tarde algo nublada y calurosa en Ciudad de Panamá. Aún estoy clavado en la habitación 312 del Cristal Suites, un apart hotel casi invisible a la mitad de la calle D, sobre la avenida Del Cangrejo, en la zona bancaria.
Hace algo más de una hora pase por “Manolo”, un restaurante donde se reúne a todas horas la amplia fauna turística dispersa por los hoteles del sector. Es un local amplio, con una carta respetable, sabrosa y de precios sobrios. Ahí celebré en soledad el término de estos cinco días de trabajo en Panamá, pero lo cierto es que la lucecita de mensajes del teléfono de mi habitación mató esa ilusión: necesitaban que estuviera alerta para una última reunión de trabajo antes de las seis. Por lo que veo no se realizará, pero me han dejado aquí de punto fijo.
No es tan malo. La habitación es cómoda y tiene la gran ventaja de un calentador de agua que me obligó comprar café instantáneo y una libra de azúcar (453.6 gramos informa el empaque)… edulcorante, endulzante, o como sea que le llamen aquí, no había y la vendedora -de ascendencia oriental- tampoco entendió que era lo que quería cuando se lo pedí. Recuerdo haber comprado azúcar por un cuarto de kilo en Santiago, pero nunca había comprado una libra de nada y no me pude resistir.
Mi almuerzo celebratorio-ilusorio estuvo bastante bueno. Corvina al ajillo con arroz y hasta una sopa de pescado acompañada por esos panecillos del Manolo que pueden llegar a convertirse en una adicción. De postre, como no, tres leches.
Ya cuento las horas para salir al aeropuerto. Mis gestiones para adelantar el vuelo a esta tarde no sirvieron de nada, pero a pesar de la decepción de no poder dar una sorpresa a mi Bruxa y a los niños, me he animado pensando que faltan sólo horas para emprender el regreso.
Estos días han pasado rápido. El trabajo -como casi siempre- bastante aburrido pero intenso, lo que acortó bastante las jornadas.
Llegué el domingo 14 cerca de las 9 de la mañana. Luego de negociar el precio del transporte tome un taxi hasta el hotel donde de inmediato conocí a la mayoría de la gente que esta en esta “misión”.
A mi llegada al hotel ellos estaban en el lobby, se preparaban para viajar a la costa y me invitaron a unirme al grupo. A pesar de mi reticencia inicial insistieron y, tomando en cuenta que algo más podía sacar en limpio sobre este trabajo, decidí acompañarlos.
Ya arriba del auto que habían arrendado comencé a juntar caras y nombres. Alejandro, un mendocino acogedor y amable; Benjamín, un tipo risueño y voluminoso, paraguayo de nacionalidad y con un prontuario académico y laboral bastante impresionante; finalmente, Eric, ex combatiente sandinista con una biografía increíble, a ratos silencioso, pero dueño de carcajadas sinceras y alargadas, de esas que derriban barreras.
Con ellos partí con la misma ropa que traía del viaje y mi traje de baño que por suerte traje conmigo, porque de sandalias y camiseta ni me acorde, tal y como es mi costumbre cada vez que me ha tocado viajar.
Tras algo más de una hora y media de viaje por una carretera rodeada de planicies de un verde ondulante y tropical llegamos a Santa Clara, una playa de la costa panameña que da al Pacifico. La conversación durante el viaje y la estadía fue entretenida y ya al poco rato había olvidado mi desgano inicial.
Ahí pagamos una entrada que daba derecho a estacionamiento, además de la renta de una estructura de madera y hojas para protegerse del sol y cuatro hamacas de maya negra que colgamos de los vértices. El balneario cuenta con más de cuarenta de estas instalaciones que eran ocupadas por varias familias.
Allí pase el resto de la mañana tendido -por primera vez- en una hamaca de verdad, escuchando las historias y cuentos de mis compañeros de misión. A media tarde Almorzamos en una especie de cocinería del lugar. Ahí inicie también mi idilio de estos cinco días con la corvina, que ha sido la base de mis almuerzos y comidas.
Por la tarde nadé bastante en esas aguas turquesa de poco oleaje y mucha sal. Atardeció lentamente mientras conversábamos y la noche terminó de caer sobre Panamá cuando volvíamos al hotel.
Del lunes en más todo fue reuniones y talleres bastante ocupados, pero aun así me di unos minutos cada día para caminar por el sector donde estábamos trabajando: el casco viejo de ciudad de Panamá.
Es un barrio de construcciones antiguas, con una visible arquitectura francesa que tímidamente ha comenzado a restaurarse. Algo muy distinto de la zona céntrica -bastante descolorida- en la que está el hotel.
Entre las cosas que valieron la pena estos días estuvo mi primer encuentro con la pipa. Así le llaman al coco refrigerado al que abren un hueco en el que ponen una pajilla para tomar su jugo. Su sabor me pareció algo desabrido, pero bastante refrescante.
También pude conocer un restaurante chino en el barrio que lleva el mismo nombre. Panamá tiene una importante tradición de comida oriental a partir de la inmigración en la época en que construyó el canal.
Así han sido estos días en el “lugar de las mariposas”, significado Panamá en la lengua de una de sus siete etnias originarias.
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