Egipto, la partida… el comienzo del retorno

Hace ya un par de semanas que llegué del viaje a Egipto. Aunque ya no tiene mucho de noticioso, publico aquí algunas notas de la travesía. Se trató de la maratónica ida Santiago - El Cairo… Algo así como veintitantas horas de incomodidad aérea.

Madrid, Barajas, lunes 10 de enero a las 6 de la tarde
(hora española)
Estoy en Barajas, algo aburrido. Llevo un par de horas esperando para tomar el vuelo hacia El Cairo después de haber pasado cerca de medio día en un asiento intermedio de clase económica, entre dos robustos alemanes que me han hecho recordar cuanto puede llegar a oprimir la falta de espacio.


En el trayecto, eso sí, pude ver Hero, de Zhang Yimou. Notable película, alucinante. A pesar de la minúscula pantalla en que vi su poética propuesta de imágenes y color, quedé absolutamente pasmado… tenemos que verla en Santiago.

Llegamos a media tarde a Madrid, hace frío y comienza otra espera, hasta las 8.
El avión Iberia en que tengo boleto hará una escala en Barcelona… que ganas de que fueran varias horas para ir a la ciudad. Lo más probable es que sea sólo para subir más pasajeros y seguir, así que seguiré posponiendo el deseo de visitar esa tierra catalana.

Hace un rato logré escribir a mi querida Bruja desde un terminal público de Internet. Me di varias vueltas hasta entender cómo se usa esta máquina que más parece un tragamonedas y que, sin embargo, permite estar 15 minutos en la red por un euro. La verdad, mi primera intención era llamar a Santiago, pero los teléfonos no me funcionaron… me ganó la tecnología o más bien el enredo de códigos de ciudad y país.

Vamos a llegar de madrugada a El Cairo y me preocupa que difícilmente van a entregarme el móvil que me tienen reservado, así que ya estoy pensando como hacer para comunicarme. Espero que tengan un centro de negocios en el hotel y, sobre todo, que se pueda usar de noche, porque es común que estén cerrados después de las 11 de la noche… Eso lo aprendí peleándome con encargado de recepción en un hotel de Indonesia, él no entendía qué era un despacho urgente y yo tampoco lo que eran sus horas de descanso.

Me da risa, hay un tipo tocando guitarra, es inglés supongo. Hace que esto parezca más amable, así como terminal de buses en Santiago.

Siempre me ha llamado la atención este ambiente cosmopolita de los aeropuertos, parece lógico, pero es una escena en sí misma.

Se ve aquí gente de varias razas y lenguas. Se nota a simple vista que tienen distintas costumbres. Unos y otros se miran con una extrañeza solapada, ocultando el interés. En realidad, me da la impresión que siempre hay algo de desconfianza en esas miradas.

Hace un rato fui a un baño y me encontré con una pegatina de la CGT. Es raro, pero me hizo sentir más en familia, una pequeña certeza de que por ahí había pasado un “un como yo”.

Más tarde seguiré haciendo recuento de lo que veo y me pasa. Eso, de alguna forma me hace extrañarte menos. Es como si estuvieras aquí escuchando mis comentarios al margen.

Barcelona, martes 11 de enero, 9 de la noche
(hora de España)
Después de unas cuantas vueltas y conversaciones intrascendentes con la gente que está en este viaje, por fin llega la hora de partir.

Como siempre, la ida hacia el avión es incomoda, se hace en buses que siempre esperan más de la cuenta.

Largos minutos ‘carreteando’ en la pista hasta que el avión se decide a despegar. La mayor cantidad de pasajeros son norteamericanos, soldados de caras y peinados (si se les puede llamar así) uniformes, con tenidas informales y un inglés rápido y entrecortado.

Me toca uno al lado. Va leyendo un libro sobre las batallas de la infantería de la SS alemana entre 1942 y 43, cuyo autor no alcanzo a distinguir. Su aspecto es surrealista: usa ropa de muchacho Hardcore neoyorquino, con zapatillas converse de lona, jeans, polera negra con un motivo asiático (una cara aterrorizada en la fauces de un dragón), pelo muy corto y un gran tatoo en el brazo izquierdo con una figura japonesa que llega hasta su muñeca. Escucha algo bastante movido en su discman y escupe a ratos el tabaco que mastica en una botella de agua mineral llena hasta la mitad con su desecho bucal.

Demoramos algo más de una hora en llegar a Barcelona. Es de noche y con el vuelo a baja altura se alcanza a ver la costa y la rambla de la que tantas veces he escuchado. Me hago la ilusión de que veo las torres de Gaudí, pero a la distancia podría ser cualquier otro siniestro edificio corporativo… de esos hay en cualquier ciudad.

Pasamos otra hora en la loza del aeropuerto de Barcelona. Hay una revisión visual de agentes de seguridad españoles, bastante estúpida considerando que sólo miran los portaequipajes que van sobre nuestras cabezas preguntando de quien es cada cosa (ni siquiera dan una ojeada bajos los asientos). Por fin iniciamos viaje.

Sobre el Mediterráneo, martes 11 de enero
(hora española)
Escribo estas líneas en la mitad del itinerario de casi 4 horas.

Ya estoy cansado de viajar y quiero que esto llegue pronto. Además tengo muchas ganas de fumar y la nariz congestionada. Siempre me ocurre como a la tercera hora arriba de un avión. No sé porqué.

La cena estuvo como comida de avión, no hay metáforas para eso… Arroz con pollo y una salsa de algo bastante difícil de describir. Ensalada de repollo y un amasijo dulce de postre. Lo bueno es que reparten bebida en lata y no en vasitos diminutos como en LAN.

Me llama la atención un papel que viene en la bandeja. Representa la figura de un cerdito (sí, como el de ce-ci-nas-chan-chi-tooo… otra vez te extraño), pero está tarjado y la nota asegura en español, inglés, francés, y árabe que la comida servida en este vuelo no contiene ningún ingrediente que tenga como materia prima carne de cerdo.

Los sobrecargos -todos hombres- son raros. Como es la gente en España, algo seca. A pesar de que no son descorteces, los encuentro poco cordiales. Nunca he podido terminar de entender qué sensación me dejan los españoles, pero no es agradable. Entre mis divagaciones respecto de las personalidades nacionales (¿habrá algo por el estilo?… ojalá que no :P), me duermo.

Despierto con los llamados a ponerse el cinturón de seguridad, recoger la bandeja… Son las 2 de la mañana cuando llegamos al aeropuerto de El Cairo, hace frío y los famosos ‘soldiers’ hacen un gran embotellamiento en la ventanillas de migración. Hay gente esperándonos y agilizan el trámite de entrada. En unos minutos más tarde estamos buscando las maletas que giran entre 250 sacos de los marines –ya he salido de la duda- que en igual número vienen a custodiar la embajada de Estados Unidos. Una humilde legación de nada menos que 2.500 funcionarios al servicio del imperio.

Salimos del aeropuerto de estética setentera y vamos hacia el centro de la ciudad. Las carreteras desniveladas y un horizonte de cemento van quebrando mis infantiles imágenes de desérticas películas llenas de turbantes y arena, de esas de tardes de cine… Estamos en Egipto.

If you enjoyed this post, please consider to leave a comment or subscribe to the feed and get future articles delivered to your feed reader.

Comments

Aún no hay comentarios.

Deja un comentario

(requerido)

(requerido)